Cómo ser panadero me convirtió en judoka
Francisco Beltrán Ortín
(Maestro entrenador nacional de Judo y defensa personal)
Entre harinas y hornos
Nunca en mis más salvajes sueños hubiera imaginado que entre sacos de harina y el calor de un horno encontraría el camino que cambiaría mi vida para siempre. Sí, yo era panadero, heredero de una tradición familiar que olía a pan recién hecho cada amanecer. Mientras moldeaba la masa y veía cómo el pan crecía en el horno, algo más empezaba a cocerse dentro de mí.
La panadería familiar era un lugar donde el tiempo parecía detenerse entre el aroma del pan y el crujir de las hogazas al romperse. Cada madrugada, mientras amasaba, mis pensamientos volaban más allá de las paredes cubiertas de harina. Sentía que algo me faltaba, que había un mundo por descubrir más allá del horno.
El Encuentro con Ayelo
Mientras repartía el pan por el barrio con mi tio, mis pensamientos se llenaban de las historias de un amigo del colegio, Ayelo. Todos le conocían por ese nombre, el atleta de la clase en la EGB del Colegio Salesiano.
Era el tipo de chico que podía saltar un plinto y atravesar un aro en llamas haciendo una caída de judo en las olimpiadas escolares. Su energía era contagiosa, y sus relatos sobre el judo despertaron mi curiosidad.
Un día, con esa sonrisa que prometía aventuras, me dijo: “Ven conmigo al Teatro Chapi, te voy a enseñar algo que te va a gustar”. El Teatro Chapi, un lugar emblemático en nuestra ciudad, albergaba desde 1965 la sección de Judo CAM. Al entrar, el olor a tatami y el eco de los movimientos me envolvieron.
Observé a los judokas moverse con gracia y fuerza, y sentí un cosquilleo en el estómago. Tenía once años y supe en ese instante que quería ser parte de eso.
La Resistencia de mi Madre
Cuando le conté a mi madre sobre mi nueva pasión, su reacción no fue la que esperaba. “Eres demasiado rudo, lo último que necesitas es aprender a pelear”, me dijo con preocupación.
Mi madre, una mujer fuerte que había sacado adelante a la familia sin la presencia de mi padre, temía que el judo potenciara mi carácter rebelde.
Crecí en un barrio donde la ley de la calle era la norma, y sabía defenderme.
Pero lo que ella no sabía es que el judo no solo enseña a luchar; enseña disciplina, respeto y autocontrol.
La Llamada del Tatami
Los años pasaron tuve que abandonar el instituto y la panadería seconvirtió mi mundo. Madrugones, harina en las manos y el calor constante del horno. Pero el judo seguía latiendo en mi interior.
Fue entonces cuando apareció Dimas, un cliente habitual que siempre tenía una broma a punto. “¿Cuándo te vienes a judo para que te hagamos un hombre?”, me decía entre risas mientras le llevaba pan a su panadería.
Un día, quizás cansado de la rutina o tal vez inspirado por sus palabras, le respondí: “¿Dónde y cuándo?”. Al día siguiente, allí estaba yo, descalzo sobre el tatami, con el corazón latiendo a mil por hora.
Comencé a entrenar con Dimas, y pronto el judo se convirtió en más que un pasatiempo. Era una forma de vida. Cada caída, cada técnica, cada movimiento me enseñaba algo nuevo sobre mí mismo.
Las Primeras Competiciones y Almansa
Un año y medio después, Dimas se fue al servicio militar. Su ausencia se sintió en el dojo, pero eso no detuvo mi pasión. Empecé a entrenar aún más duro, esperando su regreso.
A su vuelta, nos desplazábamos a pueblos cercanos, midiendo nuestras habilidades con judokas de otros gimnasios cuando no había entrenamientos en el nuestro.
La camaradería y el espíritu de superación nos impulsaban.
Al cabo de un año de entrenar, ya había competido en varias competiciones y formaba parte del equipo de mi club en la liga interprovincial.
Perdí innumerables combates al inicio, ¡vamos! Era lo habitual; yo andaba con un cinturón amarillo o naranja, ¿qué pretendía?
Hasta que apareció Almansa, la ciudad que cambió las reglas del juego.
El Desafío de los Cinturones Superiores
Recuerdo con una intensidad desbordante a Almansa, situada a 33 km de mi pueblo, un lugar que desató mi verdadero potencial.
Se organizó allí una competición y, decidido, me inscribí. Fui el único de mi club en asistir, sin entrenador ni compañeros que me respaldaran.
Mi entrenador incluso me dijo con desdén: “¿A qué vas? Allí solo hay cinturones altos”.
Pero yo tenía algo que ellos no: determinación.
Con mi cinturón naranja y mucha voluntad, me clasifiqué para las medallas.
En semifinales, me enfrenté a Luis, un judoka del club Judelda con cinturón marrón. Contra todo pronóstico, le vencí.
La final fue dura y caí ante un cinturón negro, pero el sabor de la plata fue más dulce que cualquier magdalena que hubiera horneado.
Al regresar, entré al despacho de mi entrenador y le dejé la medalla sobre la mesa. “Sin tu ayuda, lo he conseguido”, le dije. Su mirada mezcla de sorpresa y orgullo fue suficiente para mí.
Encuentro con Mario Sierra y el Primer Oro
Las competiciones empezaron a organizarse por niveles, y en Petrer, a 22 km de mi pueblo, conseguí mi primer oro. Fueron seis rondas intensas, donde cada combate era más desafiante que el anterior.
Allí conocí a Mario Sierra, un judoka de cinturón marrón que deslumbraba en su categoría con una energía contagiosa.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban entre rondas, una chispa de complicidad encendía nuestros rostros, y sonriendo nos preguntábamos: “¿Has ganado? ¡Yo también!”.
La adrenalina y la alegría de haber conquistado el oro en nuestras respectivas categorías nos unía en un vínculo extraordinario, reafirmando que todo el sacrificio había valido la pena.
Hoy, Mario y yo somos grandes amigos que hemos forjado una amistad inquebrantable, compartiendo otra grandiosa historia junto al resto del TM5 (que ya os contaré).
Un Nuevo Maestro: Sergio Cardell
Un día, en una competición organizada por el gimnasio Montemar, me encontré con Sergio Cardell, uno de los mejores maestros de judo que he conocido, por no decir el mejor. (Pocos años después sería mi entrenador).
Al inscribirme, me miró fijamente y dijo: “Tú ya no compites con los verdes, vas con los azules y marrones”.
Protesté, sorprendido. Llevaba casi un año con el cinturón verde, pero aún no me sentía preparado. “Confía en mí”, respondió con una seguridad que desarmaba.
Acepté el reto, y contra todo pronóstico, me llevé el oro.
Al regresar al club, le dije a mi entrenador: “Necesito mi cinturón azul”. Refunfuñó un poco, pero no pudo negarse. El resultado hablaba por sí mismo.
El Autonómico y el Enfrentamiento con el Campeón
A los 19 años, con mi nuevo cinturón azul, el panorama cambió. La Federación se convirtió en la Federación de la Comunidad Valenciana, y me estrené en mi primer autonómico.
Llegué al pesaje y me pasé 500grs de mi categoría, que eran 78 kg. El encargado del pesaje me sugirió correr para perderlos, pero después de haber movido más de 4.000 kg en la panadería esa madrugada, no tenía fuerzas ni ganas.
“Si entro, bien. Si no, me da igual. Lucharé con los de 86 kg”, le dije.
Competí en la categoría superior, enfrentándome a judokas más pesados y experimentados.
Sin grandes expectativas, me planté en aquella competición. A mi lado venía Miguel, cinturón marrón del Judelda y hermano de mi entrenador.
Él competía en la categoría de 86 kg. Por cosas del destino, en el sorteo caímos cada uno en una eliminatoria diferente, lo que hizo que no nos cruzáramos en el tatami. No recuerdo cuántos combates hizo Miguel, ya que cada uno estábamos en un tatami distinto, pero sé que no logró clasificarse.
El Desafío Personal
En semifinales, me encontré cara a cara con el campeón de España junior del año anterior. Me miró de arriba abajo y, con una sonrisa arrogante, me soltó: “Te voy a machacar”.
Él, con 21 años y una barba y pelo en pecho que le daban un aire de veterano; yo, que me afeitaba una vez al mes la pelusilla de la cara.
En ese momento, sentí un nudo en el estómago. “Te vas a tragar tus palabras”, pensé, mientras apretaba los puños.
Era un desafío, pero también una oportunidad.
Sabía que la experiencia y la edad no siempre determinan el verdadero potencial de alguien.
Una fuerza interior comenzó a surgir en mí, dispuesto a demostrar que cada uno tiene su propia historia y que el resultado puede sorprender a cualquiera.
Tiempo después, vi en televisión Canal del Sureste(o algo así), una entrevista al nuevo campeón de España junior de 78 kg. Lo reconocí al instante. Sentí una mezcla de orgullo y frustración. Orgullo por saber que estaba a su nivel y frustración por no haber podido demostrarlo en el nacional.
El Servicio Militar y la Tentación de Zaragoza
El servicio militar me llevó a Zaragoza, donde entrené en el gimnasio Imperial. Allí conocí a Ángel Claveras, una leyenda del judo en España, y al joven prodigio Mariano Tafalla.
Ángel me hizo una propuesta inesperada. Me dijo que, una vez terminara el servicio, me quedara en Zaragoza para unirme a su equipo junior, que daría clases en un cole y obtendría el cinto negro.
Necesitaba a un competidor en la categoría de 78 kg para completar el equipo que aspiraba al título de campeón de España sub-21.
Había dos hermanos, los campeones vigentes de 71 kg y 86 kg, y estaba Mariano, destacando en los 65 kg.
Yo era el engranaje que faltaba: el peso semimedio que podía completar su sueño, tener al equipo campeón de España Jr. de su propio club.
Ese reconocimiento me llenó de orgullo. Saber que alguien como Ángel Claveras quería que yo formara parte de su equipo era una validación enorme.
Pero, aunque la oferta era tentadora, en mi mente todavía pesaba la vida en la panadería. La idea de volver y continuar con la tradición familiar seguía ejerciendo una influencia poderosa sobre mí.
Revelaciones: Alberto Meseguer
Al regresar, me uní al club Judelda, a 25 km de mi pueblo. No fue fácil adaptarme. Después de meses de disciplina militar y entrenamientos en Zaragoza, volver al dojo local se sentía extraño.
Pero allí estaba el Maestro Alberto Meseguer, esperándome con una mezcla de enfado y preocupación.
“¿Qué pasó? ¿Por qué no fuiste al campeonato de España el año pasado?”, me preguntó.
Descubrí entonces que mi antiguo entrenador no había gestionado mi inscripción ni mi ascenso de cinturón, lo que me había costado la oportunidad de competir a nivel nacional.
Sentí rabia y decepción, pero también determinación. Alberto me ofreció su apoyo y me animó a seguir adelante.
Comprendí que, aunque había perdido oportunidades, todavía tenía mucho camino por recorrer en el judo.
Regreso a Casa y Nuevos Comienzos
Al volver del servicio militar, retomé mi vida en la panadería y continué entrenando. Comprendí que el judo y el pan compartían más similitudes de las que imaginaba.
Ambos requerían paciencia, dedicación y pasión. Cada día era una nueva oportunidad para mejorar, ya fuera en el tatami o en el obrador.
Con el apoyo de nuevos maestros y compañeros, seguí avanzando. A pesar de los obstáculos y las oportunidades perdidas, nunca perdí de vista lo que el judo significaba para mí.
Lecciones del Judo y la Panadería
Ser panadero me convirtió en judoka, y vaya si me hizo un hombre.
Aprendí que, al igual que con el pan, en la vida necesitas trabajar la masa con paciencia, esperar el momento justo y tener el valor de enfrentar el calor del horno.
Que cada caída en el tatami es una lección y cada derrota, una oportunidad para levantarse más fuerte.
El judo me enseñó disciplina, respeto y el valor del esfuerzo constante. Me mostró que los límites están para superarlos y que la verdadera fortaleza reside en el espíritu.
Reflexiones Finales
Hoy, cuando miro atrás, veo a aquel chico que, entre harinas y hornos, encontró su verdadera pasión. Aquel que desafió las expectativas y siguió adelante a pesar de los obstáculos.
La vida me llevó por caminos inesperados, pero siempre llevaré conmigo las lecciones aprendidas en el tatami y en la panadería familiar.
Ambas experiencias me moldearon, enseñándome que el éxito no es solo el resultado final, sino el viaje y las historias que forjamos en el camino.
Porque, al final del día, somos el resultado de nuestras pasiones y decisiones.
Y yo elegí ser panadero y judoka, amasando sueños y técnicas, horneando panes y forjando carácter. Y no lo cambiaría por nada en el mundo.

